
Las olas del mar pueden alcanzar alturas superiores a la de una casa, según la fuerza del viento. Sin embargo, aunque reine la calma, afluyen a la costa dos libres como mar de fondo, que al llegar a aguas someras rompen la cresta, cayendo agua hacia delante en forma de catarata, con formación de espuma y un ruido característico: es el rompiente. Esta es tan fuerte en muchas costas, que no pueden bañarse nadie, pues las olas lo estrellarían contra las rocas. Las zonas del litoral Atlántico en Inglaterra, Francia u Portugal tienen una rompiente de este tipo.
Cuando el viento sopla desde tierra, podemos observar como se origina el oleaje: el agua se eleva, formando una sucesión de crestas seguidas de depresiones. Da la impresión de que las olas se desplazan hacia mar adentro, pero no es así; en realidad se trata de un movimiento oscilatorio, en el que las partículas de líquido describen órbitas casi circulares y vuelven a su punto de origen, como se observa en un corcho o una tabla a los que se ve subir y bajar al impulso de las olas sin cambiar de sitio.
